En un tiempo muy lejano, cuando el mundo todavía estaba rodeado de oscuridad, la abuela Araña vivía en una pequeña aldea rodeada por grandes árboles y ríos que se enrollaban. Era una espíritu sabia y gentil, con ojos brillantes como las estrellas y cabello suave como el viento de verano. La gente de la aldea miraba a la abuela Araña para buscar orientación y sabiduría.
Un día, un joven llamado Takoda fue a la choza de la abuela Araña, con una cara llena de preocupación. "Abuela", dijo, "nuestras cosechas están muriendo, nuestros animales están débiles y nos hace frío por la noche. ¿Qué puedes hacer para ayudarnos?" La abuela Araña escuchó cuidadosamente, con ojos que brillaban con pensamiento.
Sabía que el mundo necesitaba luz, pero no sabía de dónde venía ni cómo traerla. llamó a la sabia vieja jabalí, Wanata, que vivía en una cueva cercana. "Wanata", dijo, "necesito tu ayuda. ¿Puedes decirme algo sobre el sol?" Wanata pensó por un momento antes de hablar. "El sol es un gran fuego que arde en el centro del mundo. Pero está oculto para nosotros por la oscuridad." La abuela Araña le agradeció y partió hacia su viaje.
Viajó sobre montañas y valles, siguiendo el camino del sol poniente.
Mientras caminaba, las estrellas comenzaron a parpadear en el cielo arriba, guiándola en su camino. Finalmente llegó a una gran cueva donde se decía que residía el sol. Pero cuando entró en la cueva, Abuela Araña sólo encontró oscuridad. Llamó: "Oh, sol, he venido por ti! Por favor, despertate y trae luz a nuestro mundo".
El sol, quien había estado durmiendo tanto tiempo, comenzó a moverse lentamente. Miró hacia Abuela Araña con su corazón bondadoso y espíritu gentil, y se movió por su deseo de ayudar al pueblo. Al hablarle su nombre, el sol salió de su sueño y brilló intensamente en el cielo.
Desde ese día en adelante, el mundo estuvo lleno de luz, y los niños se alegraron mucho. Takoda regresó a la choza de Abuela Araña con una gran sonrisa en su rostro. "Gracias, Abuela", dijo. "El sol nos trae calor para nuestras cosechas, salud para nuestros animales y felicidad para nuestros corazones".
Abuela Araña sonrió, sus ojos brillando con orgullo. "Recuerden, niños", dijo, "la luz está dentro de nosotros todos. Solo necesitamos buscarla".
Con el paso de los años, los niños del pueblo miraron hacia arriba al sol y recordaban el regalo de Abuela Araña.
Sabían que mientras tuvieran amabilidad, compasión y la voluntad de ayudar a los demás, la luz nunca se apagaría.